El contentamiento es un banquete contínuo

Proverbios 15:15 NTV: Para el abatido, cada día acarrea dificultades; para el de corazón feliz, la vida es un banquete contínuo.

Cuando leí este versículo, vinieron a mi mente varios momentos en mi vida como esposa en los que empeoré la situación a causa de mi mal genio. Y es verdad, algunas de esas situaciones no valían el enojo ni la frustración, y otras tal vez sí; pero ninguna de ellas se solucionó con enojarme más ni cayendo en desesperanza. 

Esto me enseña que sea cual sea la situación, tengo dos opciones: evitar toda responsabilidad y poner excusas para dejarme llevar por mis emociones; o escoger creerle a Dios y su buena voluntad y agradecerle por lo que tengo en frente. Porque a final de cuentas, es Él quien ha permitido situaciones en mi vida que me sacan de quicio, para que yo conozca mi insuficiencia y en Su plenitud ser transformada a la imagen de Cristo.

Debi Pearl, en su libro Creada para ser su ayuda idónea, me retó con una pregunta: ¿Tienes suficiente temor de Dios como para no dudar de Su Palabra? y la evidencia demuestra que no. Que en muchas ocasiones he dudado de Él  y he luchado por mi propia justicia, mi propia visión de las cosas. Y olvido que este sagrado llamamiento como esposa va muchísimo más allá de simplemente mi felicidad, no se trata de eso; se trata de un acompañamiento de almas en dirección a la santidad de Dios. 

El Señor nos llamó para ser la mujer de ese hombre al que llamamos esposo (o amor, cuando estamos de buenas). Y este esposo puede tener características muy específicas (que la autora Debi Pearl describe como: dominante, visionario, estable o una mezcla entre ellas) que son justo las cosas que nos chocan, pero que necesitamos para conocer que no somos las perfectas, amorosas, pacientes, santas, humildes que creíamos ser. Y la importancia de conocer esa parte en nuestros corazones radica en palpar nuestra necesidad del Evangelio cada día, nuestra insuficiencia para amar y todo lo que nuestra alma necesita ser lavada. 

Y en ese proceso de transformación en santidad, abrazamos a nuestros esposos como coherederos de la gracia de Dios (Romanos 8:16,17). Dejamos de ser socios del estrés y la amargura y con un corazón agradecido, viviremos juntos en un banquete contínuo.

Alguna vez escuché un consejo “cuando menos sientas amar a tu marido, es cuando más necesita ser amado” y yo agregaría “es cuando más necesito amarlo”. Porque desde el día que nos casamos, nuestros pecados están de frente, combatimos con los nuestros y con los de nuestro esposo. Y es necesario que el amor cubra todas esas faltas. Como diría Pedro:

 

 Lo más importante de todo es que sigan demostrando profundo amor unos a otros, porque el amor cubre gran cantidad de pecados. (1 Pedro 4:8 NTV)

Y este amor no proviene de nosotros, no es un enamoramiento de sentir bonito; es la convicción de que es el Señor quien nos llamó a permanecer junto a nuestro esposo, en las buenas y en las malas, en la abundancia y en la escasez, en la salud y en la enfermedad, cuando nos sentimos amadas y cuando nos sentimos menospreciadas.

Menciona la autora, “Dios estará contigo si apoyas a tu marido, pero estarás sola si insistes en defender tus derechos”. Y esto es sumamente fuerte, porque nos hace volver en sí, de nuestros deseos egoístas, de nuestros “derechos” por conveniencia. Vivir con un pecador es arduo trabajo; pero nosotras necesitamos tanta misericordia del Señor como ellos; tenemos que darnos cuenta de nuestra maldad, buscar al Señor con ahínco, anhelar Su voluntad en nuestra vida y entonces extender amor a nuestros esposos.

Perseveremos y luchemos por nuestras familias, de la mano de nuestros esposos y dirigidas por el Espíritu Santo del Señor.

 

Ale de Servín

 

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